observarlo sin ser vista a través de una rendija de la puerta, que estaba situada justo enfrente de él. Jean Valjean le daba la espalda a esta puerta, a fin de estar más seguro, sin duda. La anciana lo vio rebuscar en su bolsillo y sacar de él un estuche, tijeras e hilo; luego se puso a descoser el forro de uno de los faldones de su abrigo, y de la abertura sacó un trozo de papel amarillento que desplegó. La vieja reconoció con terror que se trataba de un billete de banco de mil francos. Era el segundo o tercero que veía en el transcurso de su existencia. Huyó alarmada.
Un momento después, Jean Valjean la abordó y le pidió que fuera a cambiarle este billete de mil francos, añadiendo que era su renta trimestral, que había cobrado el día anterior.
«¿Dónde?», pensó la anciana. «No salió hasta las seis de la tarde y el banco del gobierno ciertamente no está abierto a esa hora».
La anciana fue a cambiar el billete y comentó sus sospechas. Aquel billete de mil francos, comentado y multiplicado, produjo una enorme cantidad de aterradoras discusiones entre las cotillas de la Rue des Vignes Saint-Marcel.
Unos días más tarde, sucedió que Jean Valjean estaba aserrando un poco de madera, en mangas de camisa, en el pasillo. La vieja estaba en la estancia, arreglando las cosas. Estaba sola. Cosette se ocupaba en admirar la madera a medida que era aserrada.
La vieja divisó el abrigo colgado de un clavo y lo examinó. El forro había sido vuelto a coser. La buena mujer lo palpó con cuidado y creyó notar en los faldones y en las vueltas grosores de papel. ¡Otros billetes de banco de mil francos, sin duda!