Iba adornado con un chal de lana de mujer, recogido Dios sabe dónde, y que él había convertido en una bufanda. El pequeño Gavroche parecía absorto en la profunda admiración de una novia de cera, con vestido escotado y coronada de azahares, que giraba en el escaparate y mostraba su sonrisa a los transeúntes entre dos lámparas Argand; pero, en realidad, estaba vigilando la tienda para descubrir si podía «tangar» del escaparate una pastilla de jabón, que luego procedería a vender por un su a un «peluquero» de los suburbios. A menudo se las habíais ingeniado para desayunar a costa de un panecillo semejante. Él llamaba a este género de trabajo, para el que poseía una aptitud especial, «afeitar barberos».
Mientras contemplaba a la novia y miraba de reojo la pastilla de jabón, murmuró entre dientes:
«Martes. No era martes. ¿Era martes? Quizá era martes. Sí, era martes».
Nadie ha descubierto jamás a qué se refería este monólogo.
Sí, tal vez este monólogo tuviera alguna relación con la última ocasión en que había cenado, tres días antes, pues ya era viernes.
El barbero en su tienda, que estaba templada por una buena estufa, afeitaba a un cliente y echaba una mirada de vez en cuando al enemigo, aquel golfillo helado e impudente que tenía las dos manos en los bolsillos, pero cuya mente estaba evidentemente desenvainada.
Mientras Gavroche examinaba el escaparate y los jabones de Windsor, dos niños de estatura desigual, muy pulcramente vestidos y todavía más pequeños que él, uno de unos siete años al parecer y el otro de cinco, abrieron tímidamente el picaporte y entraron en la tienda pidiendo cualquier cosa, limosna tal vez, con un murmullo quejumbroso que parecía un lamento más que una súplica.