Jean Valjean se puso a reír.
Pocos momentos después, Basque anunció que la cena estaba servida.
Los invitados, precedidos por el señor Gillenormand con Cosette del brazo, entraron en el comedor y se colocaron en el orden debido alrededor de la mesa.
Dos sillones grandes figuraban a la derecha y a la izquierda de la novia, el primero para M. Gillenormand, el otro para Jean Valjean. M. Gillenormand ocupó su asiento. El otro sillón quedó vacío.
Buscaron al señor Fauchelevent.
Ya no estaba allí.
M. Gillenormand interrogó a Basque.
—¿Sabe usted dónde está el señor Fauchelevent?
—Señor —respondió Basilio—, exactamente eso. El señor Fauchelevent me encargó que le dijera a usted, señor, que estaba indispuesto, que la mano lastimada le dolía un tanto y que no podría cenar con el señor barón y la señora baronesa. Que rogaba que lo disculparan, que vendría mañana. Acaba de marcharse.
Aquel sillón vacío enfrió por un instante la efusión del banquete nupcial. Pero, si el señor Fauchelevent estaba ausente, el señor Gillenormand estaba presente, y el abuelo irradiaba alegría por dos. Afirmó que el señor Fauchelevent había hecho bien en retirarse temprano, si se sentía indispuesto, pero que no era más que una leve dolencia. Esta declaración bastó. Además, ¿qué significa un rincón oscuro en semejante inundación de alegría? Cosette y Marius atravesaban uno de esos momentos egoístas y benditos en los que a uno no le queda otra facultad que la de recibir la felicidad. Y entonces, se le ocurrió una idea al señor Gillenormand:—Pardieu,