que el prefecto y el alcalde se llevaban a matar y buscaban perjudicarse mutuamente propiciando incidentes. Incumbía a la gente sensata hacer las veces de su propia policía y cuidarse muy bien, y había que procurar cerrar, trancar y barricar debidamente las casas, y asegurar bien las puertas.
Madame Magloire recalcó estas últimas palabras; pero el obispo acababa de salir de su habitación, donde hacía bastante frío. Se sentó delante del fuego, se calentó y luego se puso a pensar en otras cosas. No recogió la observación lanzada intencionadamente por Madame Magloire. Ella la repitió. Entonces Mademoiselle Baptistine, deseosa de complacer a Madame Magloire sin disgustar a su hermano, se atrevió a decir tímidamente:—
—¿Has oído lo que dice la señora Maguelona, hermano?
—He oído hablar de ello de un modo vago —respondió el obispo. Después, girándose a medias en su silla, poniendo las manos sobre las rodillas y levantando hacia la vieja criada su rostro cordial, que tan fácilmente se ponía alegre y que estaba iluminado desde abajo por la luz del fuego—: Vamos, ¿de qué se trata? ¿De qué se trata? ¿Estamos en algún gran peligro?
Entonces Madame Magloire volvió a empezar toda la historia, exagerándola un poco sin darse cuenta de ello.
Parecía que un bohemio, un vagabundo descalzo, una especie de mendigo peligroso, se encontraba en ese momento en la ciudad.
- Se había presentado en lo de Jacquin Labarre para conseguir alojamiento, pero este no había querido recibirlo.
- Se le había visto llegar por el bulevar Gassendi y merodear por las calles al anochecer.
Un pájaro de horca con un rostro terrible.