mucha intimidad. Era su placer y su vanidad sacar a relucir estos nombres con cualquier pretexto. Contaba maravillas de la abadía de Fontevrault: que parecía una ciudad y que había calles en el monasterio.
Hablaba con acento picardo, lo que divertía a las alumnas. Todos los años renovaba solemnemente sus votos, y en el momento de pronunciar el juramento, le decía al sacerdote: «Monseñor san Francisco se lo dio a monseñor san Julián, monseñor san Julián se lo dio a monseñor san Eusebio, monseñor san Eusebio se lo dio a monseñor san Procopio, etc., etc.; y así se lo doy yo a usted, padre».
Y las colegialas se ponían a reír, no bajo la manga, sino bajo sus velos; risitas encantadoras y ahogadas que hacían fruncir el ceño a las madres cantoras.