aquel desgraciado que estaba encadenado en el extremo de la cuarta línea, en el ángulo norte del patio. Estaba sentado en el suelo como los demás. No parecía comprender su situación, salvo que era horrible. Es probable que él también estuviera desentrayando de entre las ideas vagas de un hombre pobre, ignorante de todo, algo desmedido. Mientras el perno de su argolla de hierro era remachado detrás de su cabeza a fuertes martillazos, lloraba, las lágrimas lo sofocaban, le trababan la voz; apenas lograba decir de vez en cuando: «Yo era podador de árboles en Faverolles». Luego, aún sollozando, levantó la mano derecha y la bajó gradualmente siete veces, como si estuviera tocando sucesivamente siete cabezas de alturas desiguales, y por este gesto se adivinaba que lo que había hecho, fuera lo que fuese, lo había hecho para vestir y alimentar a siete criaturas.
Salió para Tolón. Llegó allí, después de un viaje de veintisiete días, en un carro, con una cadena al cuello. En Tolón fue vestido con la casaca roja. Todo lo que había constituido su vida, hasta su nombre, fue borrado; ya ni siquiera era Jean Valjean; era el número 24.601.
¿Qué fue de su hermana? ¿Qué fue de los siete niños? ¿Quién se preocupó por eso? ¿Qué es de un puñado de hojas del joven árbol que es cortado de raíz?
Es siempre la misma historia. Estos pobres seres vivientes, estas criaturas de Dios, en adelante sin apoyo, sin guía, sin refugio, se alejaban a la ventura—¿quién sabe siquiera?—cada cual tal vez por su lado, y poco a poco se abismaban en aquella fría niebla que envuelve los destinos solitarios; sombras sombrías, en las cuales desaparecen sucesivamente tantas cabezas desdichadas, en la marcha fúnebre del género humano. Abandonaron el país. El campanario de lo que había sido su pueblo los olvidaba; el mojón de lo que había sido su campo los olvidaba; tras unos pocos años de estancia en presidio, el propio Jean Valjean los olvidaba. En aquel corazón, donde había habido una herida, quedó una cicatriz. Eso es todo.