la cabeza de plomo, se hallaba a pocos pasos de distancia, a espaldas del sitio donde Jean Valjean estaba agachado sobre Marius.
Con la ayuda de la oscuridad, aquello parecía una especie de aparición. Un hombre común se habría alarmado por causa de la penumbra, un hombre reflexivo a cuenta de la cachiporra. Jean Valjean reconoció a Javert.
El lector habrá adivinado, sin duda, que el perseguidor de Thénardier no era otro que Javert. Javert, tras su imprevista evasión de la barricada, se había dirigido a la prefectura de policía, había dado cuenta verbal al prefecto en persona en una breve audiencia y había vuelto a reincorporarse inmediatamente al servicio, lo cual implicaba —la nota, como recordará el lector, que se le había incautado— una cierta vigilancia en la orilla de la derecha del Sena, cerca de los Campos Elíseos, que desde hacía algún tiempo llamaba la atención de la policía. Allí había avistado a Thénardier y lo había seguido. El lector ya conoce el resto.
Así se comprenderá fácilmente que aquella reja, tan amablemente abierta a Jean Valjean, era una jugada maestra por parte de Thénardier.
Thénardier intuyó que Javert seguía allí; el hombre vigilado posee un olfato que nunca le engaña; era necesario arrojarle un hueso a aquel sabueso.
¡Un asesino, qué bicoca! Jamás hay que dejar escapar semejante oportunidad.
Thénardier, al poner a Jean Valjean afuera en su lugar, le entregaba una presa a la policía, los obligaba a perder su rastro, les hacía olvidarse de él con una aventura mayor, compensaba a Javert por su espera, lo cual siempre halaga a un espía, ganaba treinta francos y contaba con la seguridad, en lo que a él respecta, de escapar gracias a aquella maniobra de distracción.