absorta en palabras dirigidas a Dios.
Se puso en pie, temblando, helado, maloliente, agobiado bajo el moribundo al que iba arrastrando tras de sí, todo él goteando cieno, y con el alma llena de una extraña luz.
VII
A veces uno encalla cuando se imagina que está desembarcando
Emprendió su camino una vez más.
Sin embargo, aunque no había dejado su vida en el colector, parecía haber dejado allí sus fuerzas. Aququel supremo esfuerzo lo había agotado. Su lasitud era tal ahora que se veía obligado a detenerse para tomar aliento cada tres o cuatro pasos, y apoyarse contra la pared.
En una ocasión se vio obligado a sentarse en el banco de piedra para cambiar la posición de Marius, y pensó que tendría que quedarse allí. Pero si su vigor estaba muerto, su energía no lo estaba. Volvió a levantarse.
Caminaba desesperadamente, casi deprisa, avanzó así un centenar de pasos, casi sin tomar aliento, y de pronto tropezó con la pared.
Había llegado a un recodo del desagüe, y, al llegar al giro con la cabeza gacha, había dado contra el muro. Alzó los ojos y, al fondo de la bóveda, lejos, muy lejos delante de él, distinguió una luz. Esta vez no era aquella luz terrible; era una luz buena, blanca. Era la luz del día. Jean Valjean vio la salida.
Un alma condenada que, en medio del horno, percibiera de repente la salida de la Gehena, experimentaría lo que sintió Jean Valjean. Volaría desesperadamente con los muñones de sus alas quemadas hacia aquel portal radiante. Jean Valjean ya no era consciente del cansancio, ya