en ese estupor visionario que siempre precede a la hora fatal voluntariamente aceptada.
Un fisiólogo habría podido estudiar en él los crecientes síntomas de esa absorción febril conocida y clasificada por la ciencia, y que es al sufrimiento lo que la voluptuosidad es al placer. La desesperación también tiene su éxtasis.
Marius había llegado a este punto. Lo miraba todo como desde fuera; como hemos dicho, las cosas que pasaban ante él le parecían muy lejanas; distinguía el conjunto, pero no percibía los detalles. Veía a los hombres ir y venir como a través de una llama. Oía voces que hablaban como desde el fondo de un abismo.
Pero esto le conmovió. Había en esta escena un punto que conmovió y despertó incluso a él. No tenía ya más que una idea, morir; y no deseaba que le desviaran de ella, pero reflexionó, en su somnambulismo sombrío, que al destruirse a sí mismo, no se le prohibía salvar a otro.
Él levantó la voz.