—¡Qué asombroso es ese Tholomyès! —dijeron los demás con veneración—. ¡Qué pantalones! ¡Qué energía!
En cuanto a Fantine, era una delicia verla. Sus espléndidos dientes habían recibido evidentemente un cometido de parte de Dios: la reina del rostro, la risa. Prefería llevar en la mano antes que en la cabeza su sombrerito de paja cosida con sus largos lazos blancos. Su espeso cabello rubio, propenso a ondularse, que se desataba fácilmente y que era necesario recoger incesantemente, parecía hecho para la huida de Galatea bajo los sauces. Sus labios rosados balbuceaban con encanto. Las comisuras de su boca, voluptuosamente levantadas como en las máscaras antiguas de Erigone, tenían un aire de animar al audaz; pero sus largas pestañas sombrías bajaban discretamente sobre la alegría de la parte inferior del rostro como para poner freno.
Había algo de indescriptiblemente armonioso y llamativo en todo su atuendo. Llevaba un vestido de baréges malva, unos botines marrones rojizos cuyas cintas trazaban una X sobre sus finas medias blancas caladas, y esa especie de spencer de muselina, un invento marsellés cuyo nombre, canezou, corrupción de las palabras quinze août, pronunciadas a la manera de la Canebière, significa buen tiempo, calor y mediodía.
Las otras tres, menos tímidas, como ya hemos dicho, llevaban vestidos escotados sin disimulo, los cuales en verano, bajo sombreros adornados de flores, son muy graciosos y tentadores; pero al lado de estos atuendos audaces, el canezou de la rubia Fantine, con sus transparencias, su indiscreción y sus reticencias, ocultando y mostrando al mismo tiempo y en un solo gesto, parecía una lisonjera ganga de decencia, y la famosa Corte de Amor, presidida por la vizcondesa de Cette, de ojos color mar de sinople, acaso habría otorgado el premio de la coquetería a este canezou, en la justa por el premio a la modestia. Lo más ingenioso es, a veces, lo más prudente. Esto llega a suceder.