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nydus/Les MisérablesPublic
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I. El prado de la alondra

Antes de que el padre Mabeuf, que se asustaba fácilmente y que era, como hemos dicho, propenso a alarmarse, pudiera responder con una sola sílaba, este ser, cuyos movimientos tenían una especie de extraña brusquedad en la oscuridad, había desenganchado la cadena, se había sumergido, había sacado el cubo y llenado la regadera, y el buen hombre contemplaba a esta aparición, que iba descalza y con una enagua hecha garras, corriendo entre los arriates repartiendo vida a su alrededor.

El sonido de la regadera sobre las hojas llenó el alma del padre Mabeuf de éxtasis. Le pareció que el rododendro era feliz ahora.

Vaciado el primer cubo, la muchacha sacó un segundo, luego un tercero. Regó todo el jardín.

Había algo en ella, mientras corría así entre los senderos, donde su silueta se recortaba perfectamente negra, agitando sus brazos angulosos y con la Fichú hecha girones, que recordaba a un murciélago.

Cuando terminó, el padre Mabeuf se acercó a ella con lágrimas en los ojos y le puso la mano sobre la frente.

—Dios te bendiga —dijo—, eres un ángel ya que cuidas de las flores.

—No —respondió ella—. Soy el diablo, pero a mí me da exactamente igual.

El viejo exclamó, sin esperar ni escuchar la respuesta de ella:—

“¡Qué lástima que sea tan infeliz y tan pobre, y que no pueda hacer nada por ti!”

—Puedes hacer algo —dijo ella.

«¿Qué?»

—Dime dónde vive el señor Marius.

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