III
Jerga que llora y jerga que ríe
Como el lector advierte, el argot en su totalidad, el argot de hace cuatro cuartos de siglo —así como el de hoy—, está impregnado de ese espíritu sombrío y simbólico que confiere a todas las palabras un aspecto ora doliente, ora amenazador. Se percibe en él la trágica y antigua tristeza de aquellos vagabundos de la Corte de los Milagros que jugaban a las cartas con barajas propias, algunas de las cuales han llegado hasta nosotros. El ocho de tréboles, por ejemplo, representaba un árbol enorme con ocho hojas descomunales, una suerte de personificación fantástica del bosque. Al pie de este árbol ardía una hoguera sobre la cual tres liebres asaban a un cazador en un espetón y, detrás, sobre otra lumbre, colgaba una olla humeante de la que asomaba la cabeza de un perro. Nada hay más melancólico que estas represalias pintadas en una baraja de cartas, a la vista de las estacas para la hoguera de los contrabandistas y de la caldera para hervir a los falsificadores. Las diversas formas que revestía el pensamiento en el dominio del argot, incluso la canción, incluso la burla, incluso la amenaza, participaban de este carácter impotente y abatido. Todas las canciones —de algunas de las cuales se han recopilado las melodías— eran humildes y lamentables hasta arrancar lágrimas. El pègre es siempre el pobre pègre, y siempre es la liebre agazapada, el ratón huidizo, el pájaro en vuelo. Apenas se queja, se contenta con suspirar; uno de sus lamentos ha llegado hasta nosotros: «No comprendo cómo Dios, el padre de los hombres, puede martirizar a sus hijos y a sus nietos y escuchar sus gritos sin sufrir tormento Él mismo». El