adelante». Esta observación le dio vueltas a Fauchelevent por la cabeza durante toda la
A decir verdad, ninguno de los dos durmió.
Jean Valjean, al sentir que lo habían descubierto y que Javert le iba pisando los talones, comprendió que él y Cosette estaban perdidos si regresaban a París. Luego, la nueva tempestad que acababa de abatirse sobre él lo había arrojado a este claustro. Jean Valjean no tuvo, en adelante, más que un solo pensamiento: permanecer allí. Ahora bien, para un desgraciado en su situación, este convento era a la vez el más seguro y el más peligroso de los lugares; el más peligroso porque, como ningún hombre podía entrar allí, si lo descubrían se trataba de un delito flagrante, y a Jean Valjean solo le quedaba un paso entre el convento y la prisión; el más seguro porque, si lograba hacerse aceptar allí y quedarse, ¿quién lo buscaría jamás en semejante sitio? Vivir en un lugar imposible era la salvación.
Por su parte, Fauchelevent se devanaba los sesos. Comenzó por declararse a sí mismo que no entendía nada del asunto. ¿Cómo había llegado allí el señor Madeleine, cuando las tapias eran las que eran? Las tapias de un claustro no se saltan fácilmente. ¿Cómo había llegado allí con una niña? No se puede escalar un muro perpendicular con una niña en los brazos. ¿Quién era esa niña? ¿De dónde venían los dos? Desde que Fauchelevent vivía en el convento, no había oído nada de Montreuil-sur-Mer, y no sabía nada de lo que allí había ocurrido. El padre Madeleine tenía un aspecto que desalentaba las preguntas; y además, se decía Fauchelevent: «A un santo no se le hacen preguntas». El señor Madeleine había conservado todo su prestigio a los ojos de Fauchelevent. Solo que, a partir de algunas palabras a las que Jean Valjean