La vieja confirmó el hecho relativo al abrigo forrado de millones, y le relató el episodio del billete de mil francos. ¡Lo había visto! ¡Lo había tenido en sus manos! Javert alquiló una habitación; esa misma noche se instaló en ella. Fue a escuchar a la puerta del inquilino misterioso, con la esperanza de captar el sonido de su voz, pero Jean Valjean vio su vela a través de la cerradura y frustró al espía guardando silencio.
Al día siguiente, Jean Valjean levantó el campamento; pero el ruido producido por la caída de la pieza de cinco francos fue advertido por la vieja, la cual, al oír tintinear el dinero, sospechó que tal vez tenía la intención de marcharse, y se apresuró a avisar a Javert.
Por la noche, cuando Jean Valjean salió, Javert lo estaba esperando tras los árboles del bulevar con dos hombres.
Javert había pedido refuerzo en la Prefectura, pero no había mencionado el nombre del individuo al que esperaba capturar; ese era su secreto, y lo había guardado por tres razones: * en primer lugar, porque la más leve indiscreción podía poner a Jean Valjean sobre aviso; * luego, porque echar mano de un expresidiario que se había fugado y al que se daba por muerto, de un criminal a quien la justicia había catalogado en otro tiempo y para siempre «entre los malhechores de la peor calaña», constituía un éxito magnífico que los viejos agentes de la policía parisina seguramente no le dejarían a un recién llegado como Javert, y temía que lo despojaran de su presidiario; y * por último, porque Javert, que era un artista, tenía debilidad por lo imprevisto. Odiaba esos éxitos muy anunciados de los que se habla con mucha antelación y a los que se les ha marchitado la flor.