De repente, vio su sombra delante de él. Se perfilaba sobre un resplandor tenue, casi imperceptible y rojizo, que teñía vagamente de púrpura la bóveda del suelo bajo sus pies, y la bóveda superior, y doraba a su derecha y a su izquierda las dos paredes viscosas del pasadizo.
Estupefacto, se dio la vuelta.
Detrás de él, en la porción del pasaje que acababa de atravesar, a una distancia que le pareció inmensa, perforando la densa oscuridad, ardió una especie de estrella horrible que tenía el aire de vigilarlo.
Era la lúgubre estrella de la policía la que se alzaba en la cloaca.
En la parte trasera de aquella estrella, ocho o diez formas se movían de manera confusa, negras, erguidas, indistintas, horribles.
II
Explicación
El día seis de junio, se había ordenado una batida en las alcantarillas. Se temía que los vencidos se hubieran refugiado en ellas, y el prefecto Gisquet iba a registrar el París oculto mientras el general Bugeaud barría el París público; una operación doble y combinada que exigía una doble estrategia por parte de la fuerza pública, representada arriba por el ejército y abajo por la policía.
Tres pelotones de agentes y alcantarilleros exploraron el sumidero subterráneo de París, el primero en la margen derecha, el segundo en la margen izquierda, el tercero en la Cité. Los agentes de policía iban armados con carabinas, porras, sables y puñales.
Lo que en aquel momento iba dirigido a Jean Valjean era el farol de la patrulla de la margen derecha.