a la sombra del carro.
Hacia la mitad del Puente, Cosette, que tenía los pies entumecidos, quiso caminar. Él la puso en el suelo y volvió a tomarla de la mano.
Una vez atravesado el puente, percibió unos astilleros de madera a su derecha. Dirigió sus pasos hacia allá.
Para llegar a ellos, era necesario arriesgarse en un espacio bastante grande, desprotegido e iluminado. No dudó.
Quienes le pisaban los talones habían perdido evidentemente el rastro, y Jean Valjean se creía fuera de peligro.
- Cazado, sí;
- seguido, no.
Una calle pequeña, la Rue du Chemin-Vert-Saint-Antoine, se abría entre dos almacenes de madera cercados por muros. Esta calle era oscura y estrecha y parecía hecha expresamente para él. Antes de entrar en ella, echó una ojeada a sus espaldas.
Desde el punto en que se encontraba podía ver toda la extensión del Puente de Austerlitz.
Cuatro sombras acababan de entrar en el puente.
Estas sombras daban la espalda al Jardín de las Plantas y se dirigían hacia la margen derecha.
Estas cuatro sombras eran los cuatro hombres.
Jean Valjean se estremeció como la fiera a la que vuelven a capturar.