III
El heroísmo de la obediencia pasiva
La puerta se abrió.
Se abrió de par en par con un movimiento rápido, como si alguien le hubiera dado un empujón enérgico y resuelto.
Un hombre entró.
Ya conocemos al hombre. Era el caminante a quien hemos visto vagar en busca de refugio.
Entró, avanzó un paso y se detuvo, dejando la puerta abierta tras él.
Llevaba la mochila a la espalda, el garrote en la mano y una expresión áspera, audaz, cansada y violenta en los ojos.
El fuego del hogar lo iluminaba. Era espantoso. Tratábase de una aparición siniestra.
Madame Magloire no tuvo ni siquiera fuerzas para lanzar un grito. Temblaba y se quedó con la boca abierta de par en par.
Mademoiselle Baptistine se volvió, vio entrar al hombre y medio se incorporó aterrorizada; luego, volviendo poco a poco la cabeza hacia la chimenea de nuevo, se puso a observar a su hermano, y su rostro recobró una calma y una serenidad profundas.
El obispo clavó una mirada tranquila en el hombre.