El cuadro del extremo derecho, el más expuesto de todos, al estar en el aire, quedó casi aniquilado en el primer impacto. Estaba formado por el 75.º regimiento de highlanders.
El gaitero del centro bajó sus ojos melancólicos, llenos de los reflejos de los bosques y de los lagos, con profunda desatención, mientras los hombres eran exterminados a su alrededor, y sentado sobre un tambor, con su pibroch bajo el brazo, tocaba las melodías de las Tierras Altas.
Estos escoceses murieron pensando en Ben Lothian, como los griegos recordando Argos. La espada de un coracero, que segó la gaita y el brazo que la sostenía, puso fin a la canción matando al cantor.
Los coraceros, relativamente poco numerosos y reducidos aún más por la catástrofe del barranco, tenían casi a todo el ejército inglés en contra, pero se multiplicaban de tal manera que cada uno de ellos valía por diez.
No obstante, algunos batallones hanoverianos cedieron. Wellington lo percibió y pensó en su caballería.
Si Napoleón en aquel mismo momento hubiera pensado en su infantería, habría ganado la batalla. Este olvido fue su gran y fatal error.
De pronto, los coraceros, que habían sido los atacantes, se encontraron atacados. La caballería inglesa estaba a su espalda.
Delante de ellos dos cuadros, detrás de ellos Somerset; Somerset significaba mil cuatrocientos dragones de la guardia. A la derecha, Somerset tenía a Dornberg con los caballos ligeros alemanes, y a su izquierda, a Trip con los carabineros belgas; los coraceros, atacados en el flanco y de frente, delante y en la retaguardia, por infantería y caballería, tenían que hacer frente a todos lados.
¿Qué les importaba? Eran un torbellino. Su valor era algo indescriptible.