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nydus/Les MisérablesPublic
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Libro IV. Los Amigos de la A.B.C.

esto lo llamaba también redimirse. Había aprendido a leer y a escribir por sí mismo; todo lo que sabía lo había aprendido solo. Feuilly tenía un corazón generoso. La amplitud de su afecto era inmensa. Este huérfano había adoptado a los pueblos. Como le había faltado la madre, meditaba sobre su patria. Rumiaba, con la profunda adivinación del hombre del pueblo, lo que hoy llamamos la «idea de la nacionalidad»; había aprendido la historia con el objetivo expreso de indignarse con conocimiento de causa. En aquel club de jóvenes utopistas, ocupados principalmente en Francia, él representaba el mundo exterior. Tenía por especialidad Grecia, Polonia, Hungría, Rumanía, Italia. Pronunciaba estos nombres incesantemente, a propósito y sin él, con la tenacidad del derecho. Las violaciones de Turquía en Grecia y Tesalia, de Rusia en Varsovia, de Austria en Venecia, lo enfurecían. Por encima de todo, la gran violencia de 1772 lo soliviantaba. No hay elocuencia más soberana que la de la justa indignación; él era elocuente con esa elocuencia. Era inagotable sobre aquella infame fecha de 1772, sobre el tema de esa raza noble y valiente suprimida por la traición, y sobre ese crimen de tres lados, sobre esa emboscada monstruosa, prototipo y modelo de todas esas horribles supresiones de Estados que, desde entonces, han golpeado a más de una nación noble y han anulado, por decirlo así, su partida de nacimiento. Todos los crímenes sociales contemporáneos tienen su origen en el reparto de Polonia. El reparto de Polonia es un teorema del cual todos los ultrajes políticos actuales son los corolarios. No ha habido déspota ni traidor desde hace casi un siglo que no haya firmado, aprobado, refrendado y copiado, ne variatur, el reparto de Polonia. Cuando se examinaba el expediente de las traiciones modernas, eso era lo primero que aparecía. El congreso de Viena consultó aquel crimen antes de consumar el suyo propio. 1772 dio la señal de alarma; 1815 fue la muerte de la partida. Tal era el tema habitual de Feuilly. Este pobre obrero se había constituido a sí mismo en tutor de la Justicia, y ella le recompensaba haciéndole grande. El hecho es que hay eternidad en el derecho. Varsovia no puede ser más tártara de lo que Venecia puede ser teutona.

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