hacer algo, Señor».—«¿De qué se trata?».—«De visitar las cloacas de París».
Este hombre existió y se llamaba Bruneseau.
IV
La visita tuvo lugar. Fue una campaña formidable; un combate nocturno contra la pestilencia y la asfixia. Fue, al mismo tiempo, un viaje de descubrimiento. Uno de los sobrevivientes de esta expedición, un obrero inteligente, que era muy joven en aquel entonces, relató al respecto curiosos detalles hace varios años, que Bruneseau se creyó en la obligación de omitir en su informe al prefecto de policía por considerarlos indignos del estilo oficial. Los procedimientos de desinfección eran, en aquella época, extremadamente rudimentarios. Apenas había cruzado Bruneseau las primeras articulaciones de aquella red subterránea, cuando ocho de los veinte obreros se negaron a avanzar más. La operación era complicada; la visita conllevaba la necesidad de limpiar; por tanto, era necesario purificar y al mismo tiempo avanzar; señalar las entradas de agua, contar las rejillas y los respiraderos, trazar en detalle las ramificaciones, indicar las corrientes en el punto donde se dividían, delimitar las fronteras respectivas de las diversas cuencas, sondear las alcantarillas menores injertadas en la principal, medir la altura bajo la clave de cada colector y la anchura, tanto en el arranque de las bóvedas como en el fondo, para determinar las disposiciones relativas al nivel de cada entrada de agua, ya fuera en el fondo del arco o en el suelo de la calle. Avanzaban con fatiga. Las linternas languidecían en la atmósfera fétida. De vez en cuando, sacaban a rastras a un cloaquero desmayado. En ciertos puntos había precipicios. El suelo había cedido, el pavimento se había desmoronado, la alcantarilla se había convertido en un pozo sin fondo; no encontraban nada sólido; un hombre desapareció de repente; costó un gran esfuerzo lograr sacarlo de nuevo. Siguiendo el consejo de Fourcroy, encendían grandes jaulas llenas de estopa empapada