Hay a veces en medio de un incendio una habitación que no se quema, y en medio de mares enfurecidos, más allá de un promontorio o en el extremo de un callejón sin salida de bajíos, un rincón tranquilo. Fue en esta especie de pliegue del trapecio interior de la barricada donde Éponine había exhalado su último suspiro.
Allí se detuvo Jean Valjean, dejó deslizarse a Marius hasta el suelo, apoyó la espalda contra la pared y echó una mirada a su alrededor.
La situación era alarmante.
Durante un instante, dos o tres tal vez, este trozo de pared fue un refugio, ¿pero cómo escapar de aquella masacre?
Recordaba la angustia que había sufrido en la calle Polonceau ocho años antes, y de qué modo se las había ingeniado para escapar; entonces era difícil, hoy era imposible.
Tenía ante sí aquella casa sorda e implacable, de seis pisos de altura, que parecía habitada únicamente por un muerto asomado a su ventana; tenía a su derecha la barricada, más bien baja, que cerraba la calle de la Petite-Truanderie; pasar este obstáculo parecía fácil, pero más allá de la cresta de la barrera se distinguía una línea de bayonetas.
Las tropas de línea estaban apostadas en acecho detrás de aquella barricada. Era evidente que cruzar la barricada equivalía a ir en busca del fuego de la sección, y que cualquier cabeza que se arriesgara a asomarse por encima de la cima de aquel muro de piedras serviría de blanco a sesenta disparos.
A su izquierda tenía el campo de batalla. La muerte acechaba a la vuelta de esa pared.
¿Qué se iba a hacer?