desdichado, siempre que tiene tiempo para reflexionar, se hace pequeño ante los humildes y frágil frente a la sociedad; se postra de hinojos, suplica, apela a la compasión; se advierte que es consciente de su culpa.
Hacia la mitad del siglo pasado se operó un cambio, las canciones de presidio y las ritornelas de los ladrones adoptaron, por decirlo así, un aire insolente y jovial. El lastimero maluré fue sustituido por el larifla. Encontramos en el siglo XVIII, en casi todas las canciones de las galeras y de las prisiones, una alegría diabólica y enigmática. Se oye este estribillo estridente y cadencioso que diríase iluminado por un brillo fosforescente, y que parece haber sido arrojado al bosque por un fuego fatuo que toca el pífano:—
Miralabi suslababo Mirliton ribonribette Surlababi mirlababo Mirliton ribonribo.
Esto se cantaba en un sótano o en un rincón del bosque mientras se le degollaba a un hombre.
Un síntoma grave. En el siglo XVIII, la antigua melancolía de las clases abatidas se desvanece. Se pusieron a ridicularizar. Burlan a la gran trola y al gran petimetre . Con Luis XV llaman al rey de Francia «el marqués de Pantin». Y he aquí que están casi alegres. Cierta claridad emana de esos miserables, como si ya no tuvieran la conciencia abrumada en su interior. Esas lamentables tribus de las tinieblas ya no poseen meramente la audacia desesperada de los actos, poseen la audacia despreocupada del espíritu. Señal de que están perdiendo el sentido de su criminalidad, y de que sienten, incluso entre pensadores y soñadores, un apoyo indefinible que estos últimos ni siquiera conocen.