otra parte, entregados a los sueños, a resplandores imposibles, a amores en el aire, a locuras; ¡y mientras tanto, criaturas humanas, sus hermanos en Jesucristo, sus hermanos en el pueblo, agonizaban en vano a su lado! Él mismo formaba parte de su desgracia y la agraviaba. Porque si hubiesen tenido otro vecino menos quimérico y más atento, cualquier hombre corriente y caritativo, evidentemente se habría notado su indigencia, se habrían percibido sus señales de socorro, ¡y se les habría tomado de la mano y rescatado! Parecían muy corrompidos y muy depravados, sin duda, muy viles, incluso muy odiosos; pero son raros los que caen sin degradarse; además, hay un punto en el que el desafortunado y el infame se unen y se confunden en una sola palabra, una palabra fatal: «los miserables»; ¿de quién es la culpa? Y entonces, ¿no debería ser la caridad tanto más profunda cuanto mayor es la caída?
Mientras se leía a sí mismo esta lección moral, pues había ocasiones en las que Marius, como todos los corazones verdaderamente honestos, era su propio pedagogo y se regañaba a sí mismo más de lo que merecía, contemplaba fijamente la pared que lo separaba de los Jondrette, como si fuera capaz de hacer que su mirada, llena de piedad, penetrara aquel tabique y calentara a aquella gente desdichada. La pared era una fina capa de yeso sostenida por listones y vigas y, como el lector acaba de saber, permitía distinguir claramente el sonido de las voces y de las palabras. Solo un hombre tan ensoñador como Marius podía haber dejado de percibir esto mucho antes. No había papel pegado en la pared, ni del lado de los Jondrette ni del de Marius; la burda construcción se veía en su desnudez. Marius examinó el tabique casi inconscientemente; a veces la ensoñación examina, observa y escruta tal como lo haría el pensamiento. De pronto dio un salto; acababa de percibir, cerca de lo alto, junto al techo, un agujero triangular resultante del espacio entre tres listones. El yeso que