En verano iremos a la Glacière con Navet, uno de mis colegas; nos bañaremos en la dársena, correremos en cueros vivos delante de las balsas del puente de Austerlitz, y eso pone furiosas a las lavanderas. Gritan, se enfadan, ¡y si supieras qué ridículas son! Iremos a ver al hombre esqueleto. Y luego te llevaré al teatro. Te llevaré a ver a Frédérick Lemaître. Tengo entradas, conozco a algunos actores, incluso actué en una obra una vez. Éramos un montón de muchachos, y corríamos bajo una tela, y eso hacía de mar. Te conseguiré un contrato en mi teatro. Iremos a ver a los salvajes. No son de verdad, esos salvajes. Llevan mallas rosas arrugadas por todas partes, y se ve dónde les han zurcido los codos con hilo blanco. Luego iremos a la Ópera. Entraremos con los comparsas a sueldo. La claque de la Ópera está bien organizada. Yo no me juntaría con la claque del bulevar. ¡En la Ópera, figúrate! Algunos pagan veinte sueldos, pero son unos bobos. Los llaman trapos de cocina. Y luego iremos a ver funcionar la guillotina. Te enseñaré al verdugo. Vive en la Rue des Marais. Monsieur Sanson. Tiene un buzón en la puerta. ¡Ah, nos lo vamos a pasar de miedo!
En ese momento una gota de cera cayó sobre el dedo de Gavroche, y lo devolvió a las realidades de la vida.
—¡Mil rayos! —dijo él—. Se está apagando la mecha. ¡Atención! No puedo gastar más de un gordo al mes en iluminación. Cuando uno se acuesta, tiene que dormir. No tenemos tiempo para leer las novelas del señor Paul de Kock. Y, además, la luz podría filtrarse por las rendijas del portal, y los maderos no tendrían más que verla.
—Y luego —observó el mayor tímidamente (él era el único que se atrevía a hablar con Gavroche y a responderle)—, una chispa podría caer en la