¿Es usted lo que se llama un hombre feliz?
¡Pues bien! usted está triste todos los días. Cada día tiene su gran dolor o su pequeña preocupación. Ayer temía por una salud que le es querida, hoy teme por la suya; mañana será la angustia por el dinero, pasado mañana la diatriba de un difamador, al otro la desgracia de algún amigo; luego el tiempo que hace, después algo que se ha roto o perdido, a continuación un placer que su conciencia y su columna vertebral le reprochan; de nuevo, el curso de los asuntos públicos.
Esto sin contar las penas del corazón. Y así sigue. Una nube se disipa, otra se forma. Difícilmente hay un día de cada cien que sea enteramente alegre y soleado.
¡Y usted pertenece a esa pequeña clase que es feliz! En cuanto al resto de la humanidad, una noche estancada pesa sobre ella.
Las mentes reflexivas hacen escaso uso de la frase: los afortunados y los desafortunados.
En este mundo, evidentemente el vestíbulo de otro, no hay afortunados.
La verdadera división humana es esta: la de los luminosos y los tenebrosos. Disminuir el número de los tenebrosos, aumentar el número de los luminosos, tal es el objetivo. Por eso clamamos: ¡Educación! ¡Ciencia! Enseñar a leer equivale a encender el fuego; cada sílaba deletreada chispea.
Sin embargo, quien dice luz no dice, necesariamente, alegría. Se sufre en la luz; el exceso abrasa. La llama es enemiga del ala. Arder sin cesar de volar: ahí reside la maravilla del genio.
Cuando hayas aprendido a conocer, y a amar, aún sufrirás.
El día nace entre lágrimas. Los luminosos lloran, aunque solo sea por aquellos que están en la oscuridad.