Mientras duró el peligro, el señor Gillenormand, sentado desesperado junto a la cabecera de su nieto, estuvo, al igual que Marius, ni vivo ni muerto.
Todos los días, a veces dos veces al día, un caballero muy bien vestido y de pelo blanco—tal era la descripción dada por el portero—venía a preguntar por el herido y dejaba un gran paquete de hilas para las curas.
Por fin, el 7 de septiembre, cuatro meses justos después de aquella noche luctuosa en que había sido devuelto a su abuelo en estado moribundo, el médico declaró que respondía de Marius.
La convalecencia comenzó. Pero Marius se vio obligado a permanecer dos meses más tendido en un sillón largo, a causa de las secuelas provocadas por la fractura de la clavícula. Siempre queda una última herida de ese tipo que no quiere cerrar y que prolonga las curas indefinidamente, para gran disgusto del enfermo.
Sin embargo, esta larga enfermedad y esta larga convalecencia lo salvaron de toda persecución. En Francia no hay cólera, ni siquiera de carácter público, que seis meses no logren extinguir. Las revueltas, en el estado actual de la sociedad, son en tal medida culpa de todos, que van seguidas de una cierta necesidad de cerrar los ojos.
Añadamos que, habiendo indignado la inexcusable orden de Gisquet, que conminaba a los médicos a denunciar a los heridos, a la opinión pública, y no solo a la opinión, sino ante todo al Rey, los heridos quedaron cubiertos y protegidos por dicha indignación; y, a excepción de aquellos que habían sido hechos prisioneros en el mismo acto del combate, los consejos de guerra no se atrevieron a molestar a nadie. Así que Marius fue dejado en paz.
M. Gillenormand pasó primero por toda suerte de angustias, y después por todas las formas del éxtasis.