por hábito e instinto simplemente había puesto el pie sobre aquella moneda, mientras la inteligencia forcejeaba entre tantos pensamientos nuevos e inauditos hasta entonces que la asviaban.
Cuando la inteligencia despertó de nuevo y contempló aquella acción de la fiera, Jean Valjean retrocedió con angustia y lanzó un grito de terror.
Se debía a que —extraño fenómeno, y uno que solo era posible en la situación en la que se encontraba—, al robarle el dinero a aquella criatura, había hecho algo de lo cual ya no era capaz.
Sea como fuere, esta última mala acción tuvo un efecto decisivo en él; atravesó bruscamente aquel caos que llevaba en la mente y lo disipó, puso a un lado la espesa oscuridad y al otro la luz, y obró en su alma, en el estado en que entonces se encontraba, como ciertos reactivos químicos actúan sobre una mezcla turbia precipitando un elemento y aclarando el otro.
Antes que nada, aun antes de examinarse y de reflexionar, totalmente aturdido, como aquel que busca salvarse, intentó encontrar al niño para devolverle su dinero; luego, cuando reconoció el hecho de que esto era imposible, se detuvo desesperado.
En el momento en que exclamó «¡Soy un miserable!», acababa de percibir lo que era, y ya estaba separado de sí mismo a tal grado, que le parecía no ser ya otra cosa que un fantasma, y como si tuviera allí delante, de carne y hueso, al atroz presidiario, Jean Valjean, con la cachiporra en la mano, la blusa en las caderas, la mochila llena de objetos robados a la espalda, con su rostro resuelto y sombrío, con los pensamientos llenos de abominables proyectos.
El exceso de infelicidad lo había vuelto, como hemos señalado, en cierto modo visionario. Esto, pues, era de la naturaleza de una visión. Vio