En el momento en que hace su entrada en esta historia que estamos relatando, era una virtud antigua, una beata incombustible, con una de las narices más agudas y uno de los espíritus más obtusos que es posible ver.
Un detalle característico; fuera de su familia inmediata, nadie había conocido jamás su nombre de pila. La llamaban «señorita Gillenormand, la mayor».
En materia de beatería, la señorita Gillenormand habría podido darle lecciones a una doncella inglesa. Su pudor rayaba en la negrura más extrema. Conservaba el recuerdo espantoso de un episodio de su vida: un día, un hombre le había visto la liga.
La edad solo había servido para exacerbar aquel pudor implacable. Su toca nunca era lo bastante opaca, ni ascendía lo suficientemente alto. Multiplicaba los broches y los alfileres allí donde nadie habría soñado con mirar. La peculiaridad del puritanismo consiste en colocar tantos más centinelas