que engendra esa penumbra llamada guerra; portadores de uniformes que no participan en los combates; inválidos fingidos; cojos formidables; vivanderos intrusos que trotan en carritos, a veces acompañados de sus mujeres, y que roban cosas para volver a venderlas; mendigos que se ofrecen como guías a los oficiales; criados de soldados; merodeadores; los ejércitos en marcha de antaño —no hablamos del presente— arrastraban todo esto tras de sí, de modo que en el argot militar se les llamaba «remolones». Ningún ejército, ninguna nación, era responsable de esos seres; hablaban italiano y seguían a los alemanes, luego hablaban francés y seguían a los ingleses. Fue por obra de uno de estos infelices, un desertor español que hablaba francés, por quien el marqués de Fervacques, engañado por su jerga picarda y tomándolo por uno de los nuestros, fue alevosamente asesinado y robado en el campo de batalla mismo, durante la noche que siguió a la victoria de Cerisoles. El granuja provenía de este merodeo. La detestable máxima: «¡Vivid del enemigo!», produjo esta lepra, que solo una estricta disciplina podía curar.
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I. Con lo que uno tropieza en el camino desde Nivelles
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