«medida preventiva», como se las puede llamar. Todo estaba aún confuso y se atropellaba en su cerebro. Su agitación era tan grande que no alcanzaba a distinguir claramente la forma de una sola idea, y no habría sabido decir nada acerca de sí mismo, salvo que había recibido un gran golpe.
Se dirigió al lecho de sufrimiento de Fantine, como de costumbre, y prolongó su visita, llevado por un instinto bondadoso, diciéndose que debía obrar así y encomendarla encarecidamente a las hermanas, por si acaso se veía obligado a ausentarse.
Tenía la vaga sensación de que tal vez tendría que ir a Arras; y sin haberse decidido en lo más mínimo a realizar ese viaje, se decía que, hallándose, como se hallaba, más allá de toda sombra de sospecha, no tendría nada de particular que fuera testigo de lo que iba a suceder, y alquiló el milord de Scaufflaire para estar preparado ante cualquier eventualidad.
Cenó con bastante apetito.
Al regresar a su habitación, conversó consigo mismo.
Examinó la situación y la halló sin precedentes; tan sin precedentes que en medio de su ensoñación se levantó de la silla, movido por un inexplicable impulso de ansiedad, y echó el cerrojo a la puerta. Temía que algo más pudiera entrar. Se estaba atrincherando contra las posibilidades.
Un momento después apagó su luz; le estorbaba.
Le pareció que podía ser visto.
¿Por quién?
¡Ay! Aquello a lo que deseaba cerrar la puerta ya había entrado; aquello a lo que deseaba cegar lo estaba mirando fijamente a la cara: su conciencia.