Los reyes se colocaron en este vacío. La antigua Europa se aprovechó de él para emprender reformas. Hubo una Santa Alianza; Belle-Alliance, Bella Alianza, lo había dicho de antemano el funesto campo de Waterloo.
En presencia y frente a aquella Europa antigua reconstruida, se perfilaron los rasgos de una nueva Francia.
El porvenir, al que el Emperador había congregado, hizo su entrada. En su frente llevaba la estrella, la Libertad. Los ojos resplandecientes de todas las jóvenes generaciones se volvían hacia él.
¡Hecho singular! Se estaba, al mismo tiempo y de una sola vez, enamorado del porvenir, la Libertad, y del pasado, Napoleón. La derrota había hecho más grandes a los vencidos. Bonaparte caído parecía más elevado que Napoleón en pie. Aquellos que habían triunfado estaban alarmados. Inglaterra hacía que le guardase Hudson Lowe, y Francia hacía que le vigilase Montchenu.
Sus brazos cruzados se convirtieron en motivo de inquietud para los tronos. Alejandro lo llamó «mi insomnio». Este terror era el resultado de la cantidad de revolución que él contenía. Eso es lo que explica y disculpa el liberalismo bonapartista.
Este fantasma hacía temblar al viejo mundo. Los reyes reinaban, pero mal y a disgusto, con la roca de Santa Elena en el horizonte.
Mientras Napoleón atravesaba su agonía en Longwood, los sesenta mil hombres que habían caído en el campo de Waterloo se pudrían silenciosamente, y algo de su paz se esparció por el mundo.
El Congreso de Viena hizo los tratados en 1815, y Europa llamó a esto la Restauración.
Esto fue Waterloo.