sillón y permaneció durante un buen rato sumido en sus pensamientos. Luego se quitó los zapatos, tomó una de las dos velas, apagó la otra, abrió la puerta y salió de la habitación, mirando a su alrededor como alguien que anda en busca de algo. Atravesó un pasillo y dio con una escalera. Allí oyó un ruido muy débil y suave, semejante a la respiración de un niño. Siguió aquel sonido y llegó a una especie de hueco triangular construido bajo la escalera, o más bien formado por la propia escalera. Este hueco no era otra cosa que el espacio bajo los peldaños. Allí, en medio de toda clase de papeles viejos y tiestos, entre polvo y telarañas, había una cama —si es que se puede llamar cama a un jergón de paja tan lleno de agujeros que dejaba ver la paja, y a una colcha tan andrajosa que dejaba ver el jergón—. Sin sábanas. Esto estaba colocado directamente en el suelo.
En esta cama dormía Cosette.
El hombre se acercó y la contempló desde arriba.
Cosette dormía profundamente; estaba completamente vestida. En invierno no se desnudaba para no tener tanto frío.
Contra su pecho apretaba la muñeca, cuyos grandes ojos, muy abiertos, brillaban en la oscuridad. De vez en cuando soltaba un suspiro profundo como si estuviera a punto de despertarse, y apretaba la muñeca casi convulsivamente entre los brazos. Al lado de su cama solo había uno de sus zuecos de madera.
Una puerta que estaba abierta cerca del jergón de Cosette dejaba ver una habitación bastante grande y oscura. El desconocido entró en ella.