En aquel valle fatal, al pie de esa pendiente que los coraceros habían ascendido, ahora inundada por las masas de los ingleses, bajo los fuegos convergentes de la caballería enemiga victoriosa, bajo una espantosa densidad de proyectiles, este cuadro batallaba todavía. Estaba mandado por un oficial desconocido llamado Cambronne. A cada descarga, el cuadro disminuía y respondía. Respondía al obús con una fusilería, contrayendo continuamente sus cuatro paredes. Los fugitivos, deteniéndose un instante sin aliento en la distancia, escuchaban en la oscuridad aquel trueno sombrío y cada vez más exiguo.
Cuando esta legión se hubo reducido a un puñado, cuando de su bandera no quedaba más que un jirón, cuando sus fusiles, agotadas las balas, ya no eran otra cosa que garrotes, cuando el montón de cadáveres era mayor que el grupo de supervivientes, reinaba entre los vencedores, en torno a aquellos hombres que morían tan sublimemente, una especie de terror sagrado, y la artillería inglesa, tomando aliento, enmudeció.
Esto supuso una especie de tregua. Estos combatientes tenían a su alrededor algo semejante a un enjambre de espectros, siluetas de hombres a caballo, los perfiles negros de los cañones, el cielo blanco visto a través de las ruedas y los abones, la colossal calavera que los héroes veían constantemente a través del humo, en las profundidades del combate, avanzaba hacia ellos y los contemplaba.
A través de las sombras del crepúsculo se podía oír cómo cargaban las piezas; las mechas todas encendidas, como los ojos de los tigres por la noche, formaban un círculo alrededor de sus cabezas; todos los estopines de las baterías inglesas se acercaban a los cañones, y entonces, con emoción, manteniendo el momento supremo suspendido sobre aquellos hombres, un general inglés, Colville según unos, Maitland según otros, les gritó: «¡Rendíos, valientes franceses!».
Cambronne respondió: «¡Mierda!».