Marius se figuraba la vida con Cosette de este modo, sin nada más; venir todas las tardes a la calle Plumet, correr la barra vieja y complaciente de la puerta del presidente del tribunal, sentarse codo con codo en aquel banco, contemplar a través de los árboles el centelleo de la noche que se avecina, hacer encajar un pliegue de la rodilla de su pantalón en la amplia caída del vestido de Cosette, acariciarle la uña del pulgar, tutearla, oler la misma flor, el uno después del otro, para siempre, indefinidamente.
Durante este tiempo, pasaban nubes sobre sus cabezas. Cada vez que sopla el viento, se lleva consigo más sueños de los hombres que nubes del cielo.
Este amor casto, casi tímido, no carecía en absoluto de galantería.
Hacer cumplidos a la mujer a quien un hombre ama es el primer método para prodigar caricias, y es medio audaz el que lo intenta. Un cumplido es algo así como un beso a través de un velo. La voluptuosidad se mezcla ahí con su dulce puntita, mientras se esconde. El corazón retrocede ante la voluptuosidad solo para amar más.
Los halagos de Marius, todos saturados de fantasía, eran, por decirlo así, de color azur. Los pájaros cuando vuelan allá arriba, en dirección a los ángeles, deben de escuchar tales palabras. Se mezclaban con ellas, sin embargo, la vida, la humanidad, toda la positividad de que Marius era capaz.
Era lo que se dice en la glorieta, un preludio de lo que se dirirá en la alcoba; una efusión lírica, estrofa y soneto entremezclados, agradables hipérboles de arrullo, todos los refinamientos de la adoración dispuestos en un ramo y exhalando un perfume celestial, un inefable trino de corazón a corazón.
—¡Oh! —murmuró Marius—, ¡qué hermosa eres! No me atrevo a mirarte. Estoy perdido cuando te contemplo. Eres una gracia. No sé qué