Era la época en que un guardia nacional luchaba como un zuavo. La tropa quería acabar de una vez, la insurrección deseaba el combate. La aceptación de la agonía en la flor de la juventud y en el apogeo de la salud convierte la intrepidez en frenesí. En este combate, cada cual experimentaba el ensanchamiento de la hora de la muerte. La calle estaba sembrada de cadáveres.
La barricada tenía a Enjolras en uno de sus extremos y a Marius en el otro.
Enjolras, que llevaba toda la barricada en la cabeza, se guardaba y se ponía a resguardo; tres soldados cayeron, uno tras otro, bajo su tronera, sin haberlo visto siquiera; Marius luchaba desprotegido.
Se convirtió en blanco. Se erguía con más de la mitad del cuerpo por encima del parapeto.
No hay pródigo más violento que el avaro que se desboca; no hay hombre más terrible en la acción que un soñador.
Marius era formidable y pensativo. En el combate estaba como en un sueño. Se le habría tomado por un fantasma ocupado en disparar un fusil.
A los insurgentes se les agotaban los cartuchos; pero no los sarcasmos. En aquel torbellino del sepulcro en el que se hallaban, reían.
Courfeyrac iba con la cabeza descubierta.
—¿Qué has hecho con tu sombrero? —le preguntó Bossuet.
Courfeyrac respondió:
“Por fin me la han quitado a cañonazos”.
O emitían comentarios altaneros.