pie». Pero si toda la pasividad del campesino reside en este dicho, toda la anarquía librepensadora del granuja de los suburbios se encierra, sin duda, en este otro. Un condenado a muerte escucha a su confesor en el carro. El niño de París exclama: > «¡Le está hablando a su gorro negro! ¡Ah,
Cierta audacia en materia de religión pone en marcha al gamin. Tener espíritu fuerte es un elemento importante.
Asistir a las ejecuciones constituye un deber. Se presenta ante la guillotina y ríe. La llama con toda suerte de nombres cariñosos: El fin de la sopa, El Gruñón, La Madre de Azul (el cielo), El último bocado, etc., etc. Para no perderse nada del asunto, escala los muros, se iza a los balcones, sube a los árboles, se cuelga de las verjas, se aferra fuertemente a las chimeneas. El gamin nace techador del mismo modo que nace marino. Un tejedor no le inspira más miedo que un mástil. No hay fiesta que se compare con una ejecución en la Place de Grève. Samson y el abad Montès son los nombres verdaderamente populares. Abuchean a la víctima para animarla. A veces la admiran. Lacenaire, cuando era niño, al ver morir valientemente al espantoso Dautin, pronunció estas palabras que encierran un futuro: “Yo le tenía envidia”. En la hermandad de los gamins no se conoce a Voltaire, pero sí a Papavoine. Los “políticos” se confunden con los asesinos en la misma leyenda. Tienen una tradición sobre la última prenda de cada cual. Se sabe que Tolleron llevaba gorra de bombero, Avril gorra de nutria, Losvel sombrero redondo, que el viejo Delaporte estaba calvo y con la cabeza descubierta, que Castaing era muy rubicundo y muy apuesto, que Bories tenía una pequeña barba romántica, que Jean Martin conservaba los tirantes, que Lecouffé y su madre se pelearon.