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nydus/Les MisérablesPublic
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I. La cuestión del agua en Montfermeil

de vez en cuando; para que ella sepa que su buen padre adoptivo vive, que vela por ella. En fin, hay cosas que no son posibles. Ni siquiera sé su nombre. Si usted se la llevara, yo diría: «Bueno, y la Alondra, ¿qué ha sido de ella?». ¡Hay que ver, al menos, algún mendrugo de papel, alguna fruslería a modo de pasaporte, ya sabe usted!

El desconocido, que seguía examinándolo con esa mirada que, como suele decirse, penetra hasta el fondo de la conciencia, respondió con voz grave y firme:⁠—

—Monsieur Thénardier, no se necesita pasaporte para viajar a cinco leguas de París. Si me llevo a Cosette, me la llevaré, y se acabó. No sabrá usted mi nombre, no sabrá mi domicilio, no sabrá dónde está; y mi intención es que no vuelva a verle en su vida. Rompo el hilo que ata su pie y se marcha. ¿Le conviene? ¿Sí o no?

Como los genios, que al igual que los demonios reconocen la presencia de un Dios superior por ciertos indicios, Thénardier comprendió que tenía que vérselas con alguien muy fuerte. Fue como una corazonada; lo comprendió con su clara y sagaz prontitud. Mientras bebía con los carreteros, fumaba y cantaba canciones groseras la noche anterior, había dedicado todo su tiempo a observar al desconocido, vigilándolo como un gato y estudiándolo como un matemático. Lo había mirado tanto por cuenta propia, por el placer de hacerlo, como por instinto, y lo había acefchado como si le hubiesen pagado por ello. Ni un movimiento, ni un gesto por parte del hombre del gabán amarillo se le había escapado. Incluso antes de que el forastero manifestara tan claramente su interés por Cosette, Thénardier había adivinado su propósito. Había captado las profundas miradas del anciano que volvíanse constantemente hacia la niña. ¿Quién era este hombre? ¿A qué se debía ese interés? ¿Por qué ese traje horrendo, cuando tenía tanto dinero en su monedero? Preguntas que se

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