Que la monja que había muerto esa mañana había pedido ser enterrada en el ataúd que le había servido de cama, e inhumada en la cripta bajo el altar de la capilla. Que los reglamentos policiales prohibían esto, pero que ella era de esas muertas a las que no se les niega nada. Que la priora y las madres de coro se proponían cumplir el deseo de la difunta. Que tanto peor para el gobierno. Que él, Fauchelevent, debía clavar el ataúd en la celda, levantar la piedra de la capilla y bajar el cadáver a la cripta. Y que, a modo de agradecimiento, la priora iba a admitir a su hermano en la casa como jardinero y a su sobrina como pupila. Que su hermano era el señor Madeleine y que su sobrina era Cosette. Que la priora le había dicho que trajera a su hermano a la noche siguiente, tras el simulacro de entierro en el cementerio. Pero que no podía introducir al señor Madeleine desde el exterior si el señor Madeleine no estaba en el exterior. Ese era el primer problema. Y luego, que había otro: el ataúd vacío.
—¿Qué es ese ataúd vacío? —preguntó Jean Valjean.
Fauchelevent respondió:—
“El ataúd de la administración”.
“¿Qué ataúd? ¿Qué administración?”