Soy yo quien me cierro el paso, y me arrastro, y me empujo, y me detengo, y me ejecuto, y cuando uno se sujeta a sí mismo, se está firmemente sujeto.
Y, cogiéndose un puñado de su propia casaca por la nuca y extendiéndola hacia Marius:
—¿Ve usted ese puño? —continuó—. ¿No le parece que sujeta ese cuello de tal manera que no ha de soltarlo?
¡Pues bien! ¡La conciencia es otra presa! Si uno desea ser feliz, señor, no debe comprender jamás el deber; porque, tan pronto como uno lo ha comprendido, es implacable.
Se diría que le castiga a uno por haberlo comprendido; pero no, le premia; porque le coloca a uno en un infierno, donde uno siente a Dios junto a sí. Apenas se han desgarrado las propias entrañas, cuando uno ya está en paz consigo mismo.
Y, con un acento entrañable, añadió:
—Monsieur Pontmercy, esto no es el sentido común, soy un hombre honrado. Es degradándome a sus ojos como me elevo a los míos. Esto me ha sucedido una vez antes, pero entonces fue menos doloroso; no era más que una nadería. Sí, un hombre honrado. No lo sería si, por mi culpa, usted hubiera continuado estimándome; ahora que me desprecia, lo soy. Pesa sobre mí esa fatalidad de que, al no poder tener nunca otra cosa que una consideración robada, esa consideración me humilla y me aplasta por dentro, y para poder respetarme a mí mismo, es necesario que sea despreciado. Entonces me enderezo de nuevo. Soy un galeote que obedece a su conciencia. Bien sé que esto es de lo más improbable. ¿Pero qué quiere que le haga? es un hecho. He contraído compromisos conmigo mismo; los cumplo. Hay encuentros que nos atan, hay azares que nos envuelven en deberes. Ve usted, Monsieur Pontmercy, me han sucedido diversas cosas en el curso de mi vida.