Esta idea de Napoleón, desdeñada por los hombres, había sido retomada por Dios. Lo que no había sido más que ilustre, se había vuelto augusto. Para realizar su pensamiento, el Emperador había necesitado pórfido, bronce, hierro, oro, mármol; a Dios le bastó con la vieja colección de tablones, vigas y yeso. El Emperador había tenido el sueño de un genio; en aquel elefante titánico, armado, prodigioso, con la trompa en alto, llevando su torre y esparciendo por todas partes sus aguas alegres y vivificantes, había querido encarnar al pueblo. Dios había hecho algo más grandioso con él, había alojado allí a un niño.
El agujero por el que Gavroche había entrado era una brecha apenas visible desde el exterior, ya que estaba oculta, como hemos dicho, bajo el vientre del elefante, y era tan estrecha que solo los gatos y los niños sin hogar podían pasar a través de ella.
—Comencemos —dijo Gavroche—, por decirle al portero que no estamos en casa.
Y precipitándose en la oscuridad con la seguridad de una persona que conoce bien sus habitaciones, tomó un tablón y tapó la abertura.
De nuevo Gavroche se adentró en la oscuridad. Los niños oyeron el crujido de la cerilla introducida en la botella fosfórica. La cerilla química aún no existía; en aquella época el eslabón Fumade representaba el progreso.
Una súbita luz los hizo parpadear; Gavroche acababa de ingeniarse para encender uno de esos trozos de cuerda empapados en resina que se llaman «ratas de sótano». La rata de sótano, que despedía más humo que luz, hizo confusamente visible el interior del elefante.
Los dos huéspedes de Gavroche echaron una ojeada a su alrededor, y la sensación que experimentaron fue algo semejante a la que uno sentiría si