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Marius no se había perdido nada de toda aquella escena y, sin embargo, en realidad, no había visto nada. Sus ojos habían permanecido fijos en la joven, su corazón, por decirlo así, la había apresado y envuelto por completo desde el mismo momento de su primer paso en aquella buhardilla.
Durante toda su estancia allí, él había vivido esa vida de éxtasis que suspende las percepciones materiales y precipita toda el alma en un solo punto. Contemplaba, no a aquella muchacha, sino a aquella luz que vestía pelliza de raso y bonete de terciopelo. La estrella Sirio habría podido entrar en la habitación, y él no se habría quedado más deslumbrado.
Mientras la jovencita se ocupaba en abrir el paquete, desdoblar la ropa y las mantas, y en interrogar con amabilidad a la madre enferma y con ternura a la pequeña herida, él seguía todos sus movimientos, intentaba captar sus palabras. Conocía sus ojos, su frente, su belleza, su talle, su andar, pero no conocía el sonido de su voz. Una vez había creído captar algunas palabras en el Luxemburgo, pero no estaba absolutamente seguro del hecho. Había dado diez años de su vida por oírla, para poder llevarse en el alma un poco de aquella música. Pero todo quedaba ahogado por las lamentables exclamaciones y los bramidos de Jondrette. Esto añadía un toque de ira genuina al éxtasis de Marius.