La agonía de muerte de la barricada estaba a punto de empezar.
Todo contribuía a su majestad trágica en aquel supremo momento;
- mil estruendos misteriosos en el aire,
- el soplo de masas armadas puestas en movimiento en las calles que no se veían,
- el galope intermitente de la caballería,
- el pesado choque de la artillería en marcha,
- las descargas cerradas y los cañonazos cruzándose en el laberinto de París,
- los humos del combate elevándose todos dorados por encima de los tejados,
- gritos indescriptibles y vagamente terribles,
- destellos de amenaza por todas partes,
- el somatén de Saint-Merry, que tenía ya los acentos de un sollozo,
- la suavidad del tiempo,
- el esplendor del cielo lleno de sol y nubes,
- la belleza del día,
- y el alarmante silencio de las casas.
Pues, desde la tarde anterior, las dos hileras de casas de la Rue de la Chanvrerie se habían vuelto dos muros; muros feroces, puertas cerradas, ventanas cerradas, persianas cerradas.
En aquellos días, tan diferentes de aquellos en que vivimos, cuando llegaba la hora, cuando el pueblo quería poner fin a una situación que había durado demasiado, con una carta otorgada o con un país legal, cuando la cólera universal se difundía en la atmósfera, cuando la ciudad consentía en que se arrancaran los adoquines, cuando la insurrección hacía sonreír a la burguesía al susurrarle su contraseña al oído, entonces el habitante, plenamente compenetrado de la revuelta, por decirlo así, era el auxiliar del combatiente, y la casa fraternizaba con la fortaleza improvisada que se apoyaba en ella.