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nydus/Les MisérablesPublic
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I. La Caribdis del arrabal San Antonio y la Escila

La agonía de muerte de la barricada estaba a punto de empezar.

Todo contribuía a su majestad trágica en aquel supremo momento;

  • mil estruendos misteriosos en el aire,
  • el soplo de masas armadas puestas en movimiento en las calles que no se veían,
  • el galope intermitente de la caballería,
  • el pesado choque de la artillería en marcha,
  • las descargas cerradas y los cañonazos cruzándose en el laberinto de París,
  • los humos del combate elevándose todos dorados por encima de los tejados,
  • gritos indescriptibles y vagamente terribles,
  • destellos de amenaza por todas partes,
  • el somatén de Saint-Merry, que tenía ya los acentos de un sollozo,
  • la suavidad del tiempo,
  • el esplendor del cielo lleno de sol y nubes,
  • la belleza del día,
  • y el alarmante silencio de las casas.

Pues, desde la tarde anterior, las dos hileras de casas de la Rue de la Chanvrerie se habían vuelto dos muros; muros feroces, puertas cerradas, ventanas cerradas, persianas cerradas.

En aquellos días, tan diferentes de aquellos en que vivimos, cuando llegaba la hora, cuando el pueblo quería poner fin a una situación que había durado demasiado, con una carta otorgada o con un país legal, cuando la cólera universal se difundía en la atmósfera, cuando la ciudad consentía en que se arrancaran los adoquines, cuando la insurrección hacía sonreír a la burguesía al susurrarle su contraseña al oído, entonces el habitante, plenamente compenetrado de la revuelta, por decirlo así, era el auxiliar del combatiente, y la casa fraternizaba con la fortaleza improvisada que se apoyaba en ella.

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