sufridas, la reacción incluso contra el bien, el inocente y el justo, si es que acaso existen.
El punto de partida, como el punto de llegada, de todos sus pensamientos, era el odio a la ley humana; ese odio que, si no se ve detenido en su desarrollo por algún incidente providencial, se convierte, en un tiempo dado, en el odio a la sociedad, luego en el odio al género humano, después en el odio a la creación, y que se manifiesta por un deseo vago, cesante y brutal de hacer daño a algún ser vivo, no importa a cuál.
Se comprenderá que no era sin razón por lo que el pasaporte de Jean Valjean lo calificaba de «hombre muy peligroso».
De año en año esta alma se había secado lentamente, pero con fatal seguridad. Cuando el corazón está seco, el ojo está seco. A su salida de las galeras, hacía diecinueve años que no había derramado una lágrima.
VIII
Olas y sombras
¡Hombre al agua!
¿Qué importa? El bajel no se detiene. El viento sopla. Ese barco sombrío tiene un rumbo que está obligado a seguir. Pasa de largo.
El hombre desaparece y luego vuelve a aparecer; se sumerge, vuelve a la superficie; grita, extiende los brazos; no se le oye. El buque, estremecido por el huracán, está enteramente absorto en sus propias maniobras; los pasajeros y los marineros ni siquiera ven al ahogado; su triste cabeza no es más que un punto en la inmensidad de las olas. Lanza gritos desesperados desde lo profundo. ¡Qué espectro el de esa vela que se aleja! La mira y la mira frenéticamente. Se aleja, se difumina,