Hecho esto, su mirada se posó con expresión de satisfacción en su camisa rota.
—Y la camisa también —dijo él—, esta tiene buen aspecto.
Una brisa helada silbó a través de la ventana y entró en la habitación.
La neblina exterior penetró allí y se difundió como una sábana blancuzca de guata vagamente extendida por dedos invisibles.
A través del cristal roto se podía ver caer la nieve. La nieve prometida por el sol de la Candelaria del día anterior había llegado en realidad.
El padre echó una ojeada a su alrededor como para asegurarse de que no había olvidado nada. Agarró una vieja pala y esparció ceniza sobre las Brasas húmedas de tal manera que las ocultó por completo.