En el 93, según que la idea que andaba flotando fuera buena o mala, según que fuera el día del fanatismo o del entusiasmo, brotaban del arrabal Saint-Antoine, ora legiones salvajes, ora bandas heroicas.
Salvaje. Expliquemos esta palabra.
Cuando estos hombres erizados, que en los primeros días del caos revolucionario, andrajosos, aullantes, salvajes, con el garrote en alto, la pica enhiesta, se arrojaron sobre la antigua París en medio de un tumulto, ¿qué querían?
Querían el fin de la opresión, el fin de la tiranía, el fin de la espada, trabajo para el hombre, instrucción para el niño, dulzura social para la mujer, libertad, igualdad, fraternidad, pan para todos, la idea para todos, la edenizacióndel mundo. ¡El progreso!; y esa cosa santa, dulce y buena, el progreso, la exigieron de manera terrible, acorralados como estaban, semidesnudos, con la porra en el puño, un rugido en la boca.
Eran salvajes, sí; pero los salvajes de la civilización.
Proclamaban la justicia con furia; deseaban, aunque fuera con temor y temblor, obligar a la raza humana a entrar en el paraíso. Parecían bárbaros y eran salvadores. Exigían la luz bajo la máscara de la noche.
Frente a estos hombres, que eran feroces, lo admitimos, y aterradores, pero feroces y aterradores por buenos fines, hay otros hombres, sonrientes, bordados, dorados, encintados, estrellados, en medias de seda, con plumas blancas, guantes amarillos, zapatos de charlac, que, con los codos sobre una mesa de terciopelo, junto a una chimenea de mármol, defienden suavemente las buenas maneras y la conservación del pasado, de la Edad Media, del derecho divino, del fanatismo, de la inocencia, de la esclavitud, de la pena de muerte, de la guerra, glorificando en voz baja y con cortesía, la espada, la hoguera y el cadalso.