inhalar amoníaco y todo ese lote de drogas? ¡Estás perdiendo el tiempo, idiota de médico! Vamos, está muerto, bien muerto. Yo lo sé bien, yo también estoy muerto. No ha hecho las cosas a medias. Sí, este siglo es infame, infame, y eso es lo que pienso de vosotros, de vuestras ideas, de vuestros sistemas, de vuestros amos, de vuestros oráculos, de vuestros médicos, de vuestros bribones de escritores, de vuestros rufianes filósofos y de todas las revoluciones que, desde hace sesenta años, asustan a las bandadas de grajos en las Tullerías! ¡Pero fuiste un despiadado al hacerte matar así, ni siquiera voy a llorar tu muerte, me oyes, asesino!
En ese momento, Marius abrió lentamente los ojos, y su mirada, aún oscurecida por el asombro letárgico, se posó en el señor Gillenormand.
—¡Marius! —gritó el viejo—. ¡Marius! ¡Mi pequeño Marius! ¡Mi hijo! ¡Mi bien amado hijo! ¡Abres los ojos, me miras, estás vivo, gracias!
Y cayó desmayado.