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nydus/Les MisérablesPublic
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I. La Caribdis del arrabal San Antonio y la Escila

La columna de ataque, evidentemente; los zapadores encargados de la demolición de la barricada deben preceder siempre a los soldados que han de

Eran, evidentemente, el umbral de ese momento que M. Clermont-Tonnerre, en 1822, llamó «el momento de la verdad».

La orden de Enjolras fue ejecutada con esa rapidez exacta que es propia de los barcos y de las barricadas, los únicos dos escenarios de combate donde la huida es imposible.

En menos de un minuto, las dos terceras partes de las piedras que Enjolras había hecho apilar en la puerta de Corinthe fueron transportadas al primer piso y al desván, y antes de que hubiera transcurrido un segundo minuto, estas piedras, colocadas artísticamente unas sobre otras, tapiaron hasta la mitad de su altura la ventana de guillotina del primer piso y las ventanas del tejado.

Algunas troneras cuidadosamente trazadas por Feuilly, el arquitecto principal, permitieron el paso de los cañones de los fusiles. Este armamento de las ventanas pudo realizarse con tanta mayor facilidad cuanto que el fuego de metralla había cesado. Los dos cañones disparaban ahora balas contra el centro de la barricada para abrir allí un boquete y, si fuera posible, una brecha para el asalto.

Cuando las piedras destinadas a la defensa final estuvieron en su lugar, Enjolras hizo subir al primer piso las botellas que había colocado debajo de la mesa donde yacía Mabeuf.

—¿Quién se va a beber eso? —le preguntó Bossuet.

—Ellos —respondió Enjolras.

Luego barricaron la ventana de abajo y tuvieron listas las barras de hierro que servían para asegurar de noche la puerta de la taberna.

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