En la primera fila, y bien al frente, el mercader había colocado sobre un fondo de servilletas blancas una muñeca inmensa, de casi dos pies de alto, vestida con un traje de crespón rosa, con espigas de oro en la cabeza, que tenía cabello de verdad y ojos de esmalte. Durante todo ese día, esta maravilla había estado expuesta ante el asombro de todos los transeúntes menores de diez años, sin que apareciera en Montfermeil una sola madre lo suficientemente rica o extravagante como para regalársela a su hijo. Éponine y Azelma se habían pasado horas contemplándola, y la propia Cosette se había arriesgado a echarle una mirada, a escondidas, es verdad.
En el momento en que Cosette salió, con el cubo en la mano, melancólica y abrumada como estaba, no pudo reprimir el impulso de levantar los ojos hacia aquella maravillosa muñeca, hacia la señora, como ella la llamaba.
La pobre criatura se detuvo, estupefacta. Todavía no había visto aquella muñeca de cerca. Toda la tienda le parecía un palacio; la muñeca no era una muñeca; era una visión. Era la alegría, el esplendor, la riqueza, la felicidad, que aparecían en una especie de halo quimérico ante aquel infeliz serito tan profundamente sumido en una miseria sombría y gélida.
Con la sagacidad triste e inocente de la infancia, Cosette midió el abismo que la separaba de aquella muñeca. Se dijo que era necesario ser reina, o al menos princesa, para poseer una «cosa» así. Miraba aquel hermoso vestido rosa, aquel hermoso cabello liso, y pensaba: «¡Qué feliz debe de ser esa muñeca!».
No podía apartar los ojos de aquel puesto fantástico. Cuanto más miraba, más deslumbrada se sentía. Le parecía estar contemplando el paraíso. Detrás de la grande había otras muñecas que le parecieron hadas y genios. El comerciante, que paseaba de un lado a otro frente a su tienda, le producía un poco el efecto de ser el Padre Eterno.