cubo tensaba y entumecía sus delgados brazos. El asa de hierro acabó por entumecer y helar sus manos mojadas y diminutas; se veía obligada a detenerse de vez en cuando, y cada vez que lo hacía, el agua fría que salpicaba del balde caía sobre sus desnudas piernas. Esto ocurría en lo más profundo de un bosque, de noche, en invierno, lejos de toda mirada humana; era una niña de ocho años: nadie más que Dios veía esa cosa triste en aquel momento.
Y su madre, sin duda, ¡ay de mí!
Porque hay cosas que hacen que los muertos abran los ojos en sus tumbas.
Jadeaba con una especie de estertor doloroso; los sollozos le contraían la garganta, pero no se atrevía a llorar, tanto temía a la Thénardier, incluso a la distancia: era su costumbre imaginarse a la Thénardier siempre presente.
Sin embargo, no podía avanzar gran cosa de ese modo, y caminaba muy despacio. A pesar de acortar la duración de sus paradas y de caminar tanto como le era posible entre una y otra, reflexionaba con angustia que le tomaría más de una hora regresar a Montfermeil de ese modo, y que la Thénardier la golpearía. Esta angustia se mezclaba con su terror de estar sola en el bosque por la noche; estaba agotada por la fatiga y aún no había salido de la espesura. Al llegar cerca de un viejo castaño que conocía, hizo una última parada, más larga que las demás, para poder descansar bien; luego reunió todas sus fuerzas, volvió a tomar su cubo y reanudó valientemente su marcha,