Conscientes de que estaban a punto de morir, gritaron: «¡Vive l’Empereur!». La historia no registra nada más conmovedor que esa agonía estallando en aclamaciones.
El cielo había estado nublado todo el día. De repente, en aquel mismo momento —eran las ocho de la tarde—, las nubes del horizonte se abrieron y dejaron pasar el resplandor grandioso y siniestro de la puesta de sol, a través de los olmos del camino de Nivelles. Lo habían visto nacer en Austerlitz.
Cada batallón de la Guardia era mandado por un general para esta catástrofe final. Friant, Michel, Roguet, Harlet, Mallet, Poret de Morvan, estaban allí.
Cuando los altos gorros de los granaderos de la Guardia, con sus grandes placas con el águila, aparecieron, simétricos, alineados, tranquilos, en medio de aquel combate, el enemigo sintió respeto por Francia; creyó ver entrar en el campo de batalla a veinte victorias con las alas desplegadas, y aquellos que eran los vencedores, creyéndose vencidos, retrocedieron; pero Wellington gritó: «¡En pie, Guardia, y apuntad directo!».
El regimiento rojo de los guardias ingleses, tendido de espaldas tras los setos, se irguió, una nube de metralla acribilló la bandera tricolor y silbó en torno a nuestras águilas; todos se lanzaron hacia adelante, y la carnicería final comenzó.
En la oscuridad, la Guardia Imperial sintió que el ejército perdía terreno a su alrededor, y en el vasto choque de la desbandada oyó la fuga desesperada que había sustituido al «¡Viva el Emperador!» y, con la huida a su espalda, continuó avanzando, cada vez más aplastada, perdiendo más hombres a cada paso que daba.
No hubo ninguno que dudara, ni hombres tímidos en sus filas. El soldado de aquella tropa era tan héroe como el general. Ni un solo hombre faltó en aquel suicidio.